miércoles, 4 de noviembre de 2015

decay

Me he acostumbrado al incómodo sonido de las teclas del ordenador; éste que ni siquiera parece el sonido de un disparo, pero prefiero imaginar que lo es. No quiero derramar más tinta, llevo años perdiendo sangre. Este es el peor momento del día, el más irónico. Este es el momento en el que una pequeña parte de mí, más alta que ésta, que lleva horas, y muchos años ya disparando, se burla de mí una y otra vez. Y lo cierto es que está cerca, lo cierto es que pienso que podría hacerla callar si quisiera, pero aguardo. Aguardo porque es evidente que tiene razón.

Entonces decido que es mejor escuchar la voz de un extraño de fondo; qué demonios, decido que prefiero escuchar las voces de cientos. Antes de. Qué. El silencio es similar a una utopía; el silencio no existe. No sé si sigues sin entender por qué prefiero entonces el sonido incómodo de las teclas del ordenador: estoy literalmente matando al silencio. No puedo matar otras cosas; aunque me gustaría.

Los he visto. Están quienes dicen que todo lo que mi otra pequeña parte quiere decir, es triste; pero triste es no saber qué estás diciendo hasta que es demasiado tarde. Porque siempre es demasiado tarde para decir algo, o para callar cuando has dicho tanto. Cuando lo has dicho, y encima tarde. Las he escuchado; las voces. Decían que quizá no son disparos, pero causan el mismo impacto que cien mil balas. Ahora todos ellos están sangrando; pero yo puedo decir que los he visto.

Hay algo irremediablemente necesario y absurdo en conformarse; pero yo llevo horas huyendo. Me niego a conformarme con el trozo de papel pequeño. Necesito que alguien me lo cambie; quiero otro nuevo. He terminado de destrozarlo todo; sólo me falta cambiarlo de lugar. Probablemente también compre algunas flores, de plástico. Porque odio los cambios; las quiero marchitas siempre.

Marcharme puede que nunca fuese mi primera opción, pero alguien me enseñó que existen otras muchas tantas no del todo agradables. Marcharme de dónde y adónde. Con o sin propósito. Lo he dicho antes: este es el peor momento del día, el más irónico; el más frustrante. Y él creyéndose víctima de mis ataques; qué ataques.

El vapor de agua empieza a desfigurar mi rostro en el espejo, y todas las miles de gotas suspensas en el aire están quemándome. Y el puto grifo estropeado del cuarto de baño lleva un mes perdiendo; a la vez que voy yo ganando.


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