¿Alguna
vez has confundido un sueño con la realidad? Yo sí.
A
menudo eludía la fina línea divisoria que los separa; sin embargo, me creía más
libre en sueños. Me perdía en la oscuridad y jugaba a abrir cientos de puertas
que nunca me llevaron a otra parte. Desgraciadamente, con el tiempo empezó a
convertirse en una sensación desagradable. Un estado de ansiedad y confusión
permanente dónde sólo estaba yo haciéndome miles de preguntas: una tras otra.
Recuerdo creer que estaba volviéndome loca e intenté por todos los medios
justificarme con la imaginación.
Los
días pasaban a medida que me hacía consciente del cambio irreversible que estaba
sucediendo en mí. Algunos podrían decir que me estaba perdiendo a mí misma;
otros, que intentaba encontrarme buscando en el lugar equivocado. Por aquel
entonces yo apenas podía decir nada; mente y cuerpo funcionaban ajenos a mí sin
poder hacer nada para remediarlo. Esto suponía otra estúpida división
dicotómica: verdadero o falso, sueño o realidad, mente o cuerpo, bueno o malo.
No eran realidades opuestas, y aunque formuladas como tal, colisionaban ocasionalmente
haciéndose sólo uno.
F. detestaba todas mis preguntas sin respuesta, detestaba cuando le formulaba cuestiones ya resueltas en mi cabeza, detestaba mis dos mundos y otras muchas cosas más; nunca me lo dijo, hasta que empezó a detestarme a mí. Me importó durante un tiempo, quizá demasiado.
Solía
decirme que hay personas que crean realidades nuevas donde acomodarse cuando
las suyas son devastadoras en exceso; pero mi vida en los sueños no era mi zona
de confort: era una especie de realidad difusa y grotesca dónde se me juzgaba y
condenaba por todos mis crímenes. Los pasados, los presentes y quizá los que
pudiera cometer en el futuro. Esos eran los peores: cómo si te mostrasen una
situación futura cayendo en picado y desmoronándose. No contento con eso, no
suponía sólo romperse en mil pedazos sin poder evitarlo, suponía su aproximación
a una velocidad pasmosa. Eludir este hecho era igual de ridículo que intentar
burlar la gravedad dando saltos con una sola pierna.
Tumbada ahora en la cama, pienso en todos aquellos que se vieron arrastrados por la marea, a todos los que abracé con piedras en los bolsillos planeando una caída. Pienso en descolgar el teléfono y quizá esperar cobardemente a que alguien coja mi llamada, para compartir así un silencio; compartir quizá, con un poco de suerte, algunas palabras cansadas, interrogativas acompañadas del susurro final que me devuelva a mi realidad.
Son
las 4:00am; el aire se hace más y más espeso a medida que pasan las horas,
persigo una luz intermitente por el pasillo, acariciando las paredes como si
fueran lo único que queda, aferrándome en cada curva sigo el camino que dibuja
el gotelé huyendo de lo que, minutos después, averigüé que se trataba de mi
propia sombra. Una vez atrapada la luz entre mis manos sentí que estaba en esas
situaciones dicotómicas del principio: las sentía cálidas pero toda yo tenía
tanto frío que no pude articular palabra. De modo que esperé sentada, mirando a
un vacío decorado con azulejos blancos. La espera se hizo eterna y la sangre
secó en mis manos.
Desorientada
tropecé con mis propios zapatos; lloré durante horas y me sequé la cara con las
heridas de una noche que no recordaba. Es probable que nunca llegue a
entenderlo, que no me acuerde de los gritos frente al espejo, los ojos teñidos
de sangre cada vez más irritados, los labios hinchados, bañados en mucosidad
y lágrimas, rojos como el carmín más caro, el pelo despeinado pegado a mi
rostro. No habían voces, solo la mía. Solo yo gritándome una y otra vez;
después de eso nada.