;; He
vuelto a pasear por tus bosques, he sentido el latir intermitente de los
abedules en otoño y he llorado cada una de las hojas que hemos perdido bajo los
sauces. Aguarda, están durmiendo. Temo que el crujir de mis pisadas sobre las
hojas les despierte; temo que el soplo de aire –huracán en otros cielos- se
confunda con su aliento. Temo que disipe en la humedad y se pierda en el
silencio. He sido sombra, silueta y espectro al fondo de algún pasillo. He
acariciado los rostros más fríos y he trenzado cabellos creyéndolos raíces.
Estoy
maldita-les escucho decir. Llega a mi cabeza como un susurro y se expande
tumoralmente en mi pecho. La ceniza desinfecta mi sangre. He visto arder tus
bosques y los míos, enemiga del fuego puedo verme reflejada en su angustia. Lo
veo en cada intento de expansión, cada maniobra de escapismo, en su muerte tras
una lucha interminable por la liberación. No soy yo aquella joven que temía a
los corderos cada noche; yo temo su sosiego. También el silencio del galope de
las ramas, el roce del río y la caída del agua no menos angustiada que el
fuego: es asfixia.
Acaricio
mis pechos ásperos como la corteza de cualquier árbol viejo y reparo en el
hueco entre ellos: túmulo de tantos pájaros, abrigo y brote a su vez de todos
los Lilium que finalmente, vienen a
morir –no en mi pecho sino en mi vientre- alimentando a los insectos.
Nunca
fui buena hija, tampoco fueron mis referentes quienes me hicieron mala madre.
Amiga de los cuervos: críalos y te sacarán los ojos-me advirtieron. Las
montañas tampoco me trataron bien, nunca las sentí mi hogar: las heridas son
recordatorio y marca de lo que siempre fui: intrusa, forastera, una extraña.
Mi
penitencia es divagar por los bosques, ser madre de los huérfanos, abrazar lo
arcaico. Algún día volveré a lo alto de las montañas, cuando el eco de las
voces por fin calle. Estoy maldita y estoy marcada. Pertenezco ahora a la
tierra mojada, será el olor a madera cortada quien nos despierte del letargo:
hemos vuelto a nacer.
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