Cuatro cajas de cartón, forradas de rojo. A los lados,
pequeñas partes de mi vida, memorias, todo lo que soy, esperando a ser
empaquetadas.
Solían decir que estamos preparados para soportar cualquier
tipo de dolor, pero no contaban con el dolor de no soportarse a uno mismo.
Rompí todos los espejos de todas y cada una de las
habitaciones, quemé fotos, rompí cartas, grité hasta quedarme sin voz, tiré
todos los discos a la basura y mojé cada una de las páginas de los libros que
habían marcado o habían sido alguna pieza importante en mi vida.
Borré recuerdos y tiré toda mi ropa.
Demasiado débil para transportar 4 cajas vacías.
Me pesaba hasta la soledad, y me ardían los pies al caminar
descalza por el duro asfalto.
Invierno, ¿a quién pretendo engañar? Me dije.
Ya ni siento el frío en las manos, me pesan los años e incluso
él tiene más vida que yo.
La diferencia, la pequeña diferencia, es el tiempo, y a la
vez quizá nos unen múltiples similitudes. Quizá él un día fue como yo, pequeño
y frágil, perdido y quizá único amigo de su mascota o sus viejos cromos, quizá
no tuvo tiempo de ser niño, o quizá decidió borrar todos sus recuerdos como yo
estoy decidiendo hacer ahora.
Quizá se dejaba llevar, le gustaba la música o soñaba con
ser un gran pintor.
Tal vez nunca aprendió a escribir, y probablemente sonrió
cuando no tenía ni fuerzas para llorar.
Decidimos empezar de cero, decidimos olvidar, perdonar,
seguir con nuestra vida, decidimos recordar cuando pasan los años y sonreír por
todo el daño que una vez sentimos. Decidimos que el rencor se suprime por el
añoro y que los abrazos de hace años pueden perdurar cuando los recordamos.
Abrazos cálidos, abrazos que en la más suma soledad te
arropan.
Abrazos fríos, incómodos, abrazos que no muestran nada pero
sienten más que hablan.
Abrazos que se esconden, cargados de miedo y por el
contrario, cargados de ilusión.
Como si te sumergieras en un bucle infinito de sentimientos.
Como si lo único que se pudiera decir ahora fuera el
silencio.
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