Me hice a pensar que
éramos tiempo, que todo lo era. Que debíamos aprovecharlo, que debíamos vivir
como si fuera el último día de nuestras vidas, ya que realmente puede serlo.
He odiado al tiempo,
lo he necesitado, lo he perdido y a la vez aprovechado.
Solía creer que
llorar era perderlo, que los peores días de mi vida, eran tiempo invertido,
pero perdido. Hace poco, me di cuenta de que realmente son mis peores épocas,
mis peores días, los que me hacen crecer, los que me enseñan un poco más de la
vida. Son esas épocas, las que realmente merece la pena vivir.
Muchas veces, el
tiempo me quedó grande y no pude controlarlo, no pude ser yo quién manejara mi
vida, quién decidiera, la indecisión e inseguridad también jugaron papeles importantes,
y todo este tiempo que pensé y cambié mi opinión, fue tiempo que corría, con la
esperanza de una espera, creo que merecida.
Comprendí que
realmente era yo quién podía curar, y no el tiempo. Que era yo quién tomaba las
decisiones, que el tiempo, era un simple medio abstracto, contribuyente. Una
excusa para muchos, una solución para otros, un suicidio, una espera
interminable.
Comprendí que cuando
se quiere no hay más tiempo que el que invertimos en el otro; que no va de
excusas, sino de miedos.
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