Salía con una
sonrisa, pues me cansé de buscar y decidí esperar a que me encontraran, y el
tiempo que corriera sin beneficio, lo invertiría reinventandome, desde la punta
del zapato hasta la parte más alta del sombrero. Ese que me quité, porque, cómo
amante de la lluvia que soy, ¿qué sentido tendría todo entonces, si decidiera
protegerme de ella?
Me siento en
el portal, pero no sé por qué, a la gente cuando llueve le da por no querer
salir de sus casas. Es cierto, se está estupendamente dentro, caliente y
escuchando el sonido que provocan las gotas al chocar con el suelo. Así pues,
decido que lo mejor es ir a la estación.
Una vez dije,
que en el hipotético caso de que estuviese perdida, habría de ser buscada en
una estación. ¿Y quién dice que yo no pueda perderme a mí misma?
¿Y quién dice
que mi mente no pueda estar en cien sitios y en ninguno a la vez?
Conversando con
el silencio y el alboroto, quién tiene valor para marcharse, y a la vez miedo a
llegar. El valor de coger un tren con la excusa de querer escapar, escapar de la
rutina y los hábitos, que lo tienen atado al fracaso de una vida no llevada de la
mejor manera. Una vida poco productiva cuando no sabes mirarla con los ojos de
quién quiere aprender. El miedo a llegar dónde no encuentres salida. El miedo a
lo desconocido, el miedo a algo que tampoco te gusta. Y, ¿entonces qué? ¿seguir
probando? A veces afrontar situaciones duras nos hacen ver que no todo ha sido tan
malo, y que el camino que recorres día a día, te lo creas tú, incluso haciendo un
barco de papel con la intención de que flote. ¿Qué otro sentido puede tener la vida
si no es el de aprender que ésta misma, no lo tiene? Buscando la eterna melodía
que le da sentido a una existencia rota, corriendo detrás de nada, en un espacio
sin sentido y tropezando con mis propias trabas.
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