lunes, 18 de febrero de 2013

Prometo no guardar más cartas.

Llovía como cada Domingo, en la parte sur de mi mente llovía, y yo aprovechaba este privilegio para salir a la calle.
Salía con una sonrisa, pues me cansé de buscar y decidí esperar a que me encontraran, y el tiempo que corriera sin beneficio, lo invertiría reinventandome, desde la punta del zapato hasta la parte más alta del sombrero. Ese que me quité, porque, cómo amante de la lluvia que soy, ¿qué sentido tendría todo entonces, si decidiera protegerme de ella?
Me siento en el portal, pero no sé por qué, a la gente cuando llueve le da por no querer salir de sus casas. Es cierto, se está estupendamente dentro, caliente y escuchando el sonido que provocan las gotas al chocar con el suelo. Así pues, decido que lo mejor es ir a la estación.

Una vez dije, que en el hipotético caso de que estuviese perdida, habría de ser buscada en una estación. ¿Y quién dice que yo no pueda perderme a mí misma?
¿Y quién dice que mi mente no pueda estar en cien sitios y en ninguno a la vez?
Conversando con el silencio y el alboroto, quién tiene valor para marcharse, y a la vez miedo a llegar. El valor de coger un tren con la excusa de querer escapar, escapar de la rutina y los hábitos, que lo tienen atado al fracaso de una vida no llevada de la mejor manera. Una vida poco productiva cuando no sabes mirarla con los ojos de quién quiere aprender. El miedo a llegar dónde no encuentres salida. El miedo a lo desconocido, el miedo a algo que tampoco te gusta. Y, ¿entonces qué? ¿seguir probando? A veces afrontar situaciones duras nos hacen ver que no todo ha sido tan malo, y que el camino que recorres día a día, te lo creas tú, incluso haciendo un barco de papel con la intención de que flote. ¿Qué otro sentido puede tener la vida si no es el de aprender que ésta misma, no lo tiene? Buscando la eterna melodía que le da sentido a una existencia rota, corriendo detrás de nada, en un espacio sin sentido y tropezando con mis propias trabas.

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