Es difícil morir cuando algo ha estado vivo, de verdad.
Vivo hasta el punto de que solo con existir, cerca, te hace
nacer, te hace sentir mariposas que al ritmo de tu respiración mueven sus alas
y provocan huracanes de poesía en tu estómago. Huracanes de defectos, de esos
que uno guarda por guardar hasta que un día salen, como todas las veces que he intentado
hundir mis principios bajo el agua.
Huracanes de hojas en otoño, y de azúcar en el café cuando
lo mueves con la cuchara, huracanes en mi pelo, y en tu espalda cuando no puedo
evitar acariciarte con las yemas de mis dedos.
Lo que todavía no sé, es cómo pagar las deudas que guardo
conmigo misma, por cada vez que me he prometido dejar de amarte. Y lo que
tampoco entiendo, es el por qué por más que lo intento tú pareces atraparme. Por
qué asustada no soy capaz de doblar la esquina sin girar mi mirada y buscar la
tuya.
Al parecer nunca lo tuve claro, y sin buscarlo quedé presa
de eso a lo que llaman todo.
Yo siempre fui más de nada.
De independencias, de piezas; de piezas que encajan pero ya
están gastadas, usadas e igual que entran fácil, salen mejor.
Y ahora me veo entre mitades y puzles, cuando me creía por
pieza extraviada.
Ahora me veo entre mitades, que no sé diferenciar.
Será que las piezas son nuevas, o que son difíciles de
encajar, y es por eso que una vez que entran, difícil es que se desprendan de su
mitad.
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