Carta a todos nosotros, en consideración a las víctimas de nuestros pasados.
La última vez que jugué a algo, fue a intentar memorizar el sonido de tu voz por última vez. Desde entonces, lo reproduzco como imágenes en un proyector apunto de explotar. Tú y yo explotábamos bien, como bombas nucleares. Quiero dejar constancia de que no he vivido ninguna guerra, pero me he enfrentado por mil veces a fantasmas que me juran tregua y vuelven sin avisar. Como tú.
La última vez que jugué a algo, fue a intentar memorizar el sonido de tu voz por última vez. Desde entonces, lo reproduzco como imágenes en un proyector apunto de explotar. Tú y yo explotábamos bien, como bombas nucleares. Quiero dejar constancia de que no he vivido ninguna guerra, pero me he enfrentado por mil veces a fantasmas que me juran tregua y vuelven sin avisar. Como tú.
Algún día moriré por todas las veces que me he enamorado, y
sólo contigo ya podría morir cien veces, por todas las que vuelves. Algún día
morirás tú por todas las promesas que te has quedado en pos de cumplir, y
fracasaste. O por todas las veces que te has peleado contigo mismo por no ser
eso que tanto has odiado. Yo me rindo, se lo que quieras, al final todos
acabamos siendo algo.
Siento, pues lo escribo para dejarlo después perdido en la
habitación de un hotel. Hoteles en los que amantes pasan noches más intensas
que toda la película de sus vidas en versión extendida.
Escribo, y hago que quede ahí, dónde no pueda hacer más
pedazos de los que ya tiene. Dónde el único modo de salvarte sea tirarte al
precipicio y decir ‘yo no he sido.’
Yo no he sido.
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