Todos esperan que hable, que diga algo, que me presente. En
un mundo en el que se nos juzga por nuestros actos, no debería importar mi
nombre, ni como sea. O sí.
No debería importar qué hice ayer, o cual es mi comida
favorita. Aunque, lo cierto es que tampoco podría hablar de mí con seguridad.
Hace poco más de un año, me comprometí conmigo misma en una
consecuencia totalmente distinta a lo que ya había vivido. Por tanto, debí ser
consecuente con el resto, con lo que le sucede. Encontré a una persona. Con nombre,
y dos apellidos. Con una altura, y un color. Con un montón de gustos, e ideas.
Con mil cosas que sé y otras tantas que nunca sabré. Con un fin.
Porque todos abrimos puertas a personas (estúpidas, amables,
tristes, cariñosas, inteligentes) y deseamos que éstas tengan un fin. Que te
enseñen algo, que te hagan el amor, que te abracen, que te hagan feliz. Cómo si
tú mismo no pudieses hacerlo. Como si no pudieses abrazarte, o no pudieses
quererte sin la necesidad de que otro lo haga. Como si no pudieses valorarte
por vivir.
No, no hablo de que lo ideal sea vivir por individual, o no
necesitar a nadie. Hablo de no tener una vida, de decidir que una consecuencia
sea quien dirija tu estado, tu forma, tu ser. No sé.
Todos empezamos siendo nombres, o una canción favorita. A
veces somos la consecuencia de alguien, el motivo. Sea como sea, hace poco más
de un año me comprometí conmigo misma y decidí vivir tal como ahora lo hago,
dejando todo lo que ya he vivido en un lado al que siempre puedo volver.
Encontré a una persona, y me encontré a mí con ella. No hay más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario