domingo, 29 de diciembre de 2013

Dansu.

Todos esperan que hable, que diga algo, que me presente. En un mundo en el que se nos juzga por nuestros actos, no debería importar mi nombre, ni como sea. O sí.
No debería importar qué hice ayer, o cual es mi comida favorita. Aunque, lo cierto es que tampoco podría hablar de mí con seguridad.

Hace poco más de un año, me comprometí conmigo misma en una consecuencia totalmente distinta a lo que ya había vivido. Por tanto, debí ser consecuente con el resto, con lo que le sucede. Encontré a una persona. Con nombre, y dos apellidos. Con una altura, y un color. Con un montón de gustos, e ideas. Con mil cosas que sé y otras tantas que nunca sabré. Con un fin.
Porque todos abrimos puertas a personas (estúpidas, amables, tristes, cariñosas, inteligentes) y deseamos que éstas tengan un fin. Que te enseñen algo, que te hagan el amor, que te abracen, que te hagan feliz. Cómo si tú mismo no pudieses hacerlo. Como si no pudieses abrazarte, o no pudieses quererte sin la necesidad de que otro lo haga. Como si no pudieses valorarte por vivir.
No, no hablo de que lo ideal sea vivir por individual, o no necesitar a nadie. Hablo de no tener una vida, de decidir que una consecuencia sea quien dirija tu estado, tu forma, tu ser. No sé.


Todos empezamos siendo nombres, o una canción favorita. A veces somos la consecuencia de alguien, el motivo. Sea como sea, hace poco más de un año me comprometí conmigo misma y decidí vivir tal como ahora lo hago, dejando todo lo que ya he vivido en un lado al que siempre puedo volver. Encontré a una persona, y me encontré a mí con ella. No hay más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario