sábado, 14 de diciembre de 2013

No se me da bien esto, no.

Nunca se me han dado bien ni los títulos, ni los nombres; y es que quizá lo que mejor se me da son las despedidas. Bueno, eso y hacerme con cientos de folios con palabras que no sé. Y hacerte creer que por eso empecé a romperlos; que por eso los convertí en confeti y soñé que se me olvidaban al fin. También he intentado ordenarlos, y como es obvio; también me di cuenta de que como en todo, ya nada es igual. Ni siquiera un papel. Pero te advierto, me gustan más cuando son mil y se me enredan en el pelo, porque es lo que tienen, lo que los hace bonitos, que incluso en pedazos son difíciles, e incluso puede que más. Recuérdome cuando frustrada me he roto en 7 pedazos, asegurándome de no ser felino y acabar de una vez por todas con tanto drama.

Y lo que nos cuesta, lo que me cuesta. Es como decir que me he cansado de mi identidad, ¿sabes? Y que me levanto por la mañana y tiro la ventana por la casa como si eso fuera posible. No, si aún me mirarás con cara de incredulidad. Espera a ver(nos).

No cuento nada que venga de tu piel, pero creo que es hora de quitar las arrugas de las sábanas, ¿no crees? Que sería estúpido no inventarme proyectos que no acaben en trocitos de recuerdos tirados por el techo. Así, así es como creo yo que podríamos hacer arte, de tanto rompernos. Yo he empezado primero. 

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