Nunca se me han dado bien ni los títulos, ni los nombres; y
es que quizá lo que mejor se me da son las despedidas. Bueno, eso y hacerme con
cientos de folios con palabras que no sé. Y hacerte creer que por eso empecé a
romperlos; que por eso los convertí en confeti y soñé que se me olvidaban al
fin. También he intentado ordenarlos, y como es obvio; también
me di cuenta de que como en todo, ya nada es igual. Ni siquiera un papel. Pero te advierto, me
gustan más cuando son mil y se me enredan en el pelo, porque es lo que tienen, lo que los hace bonitos, que incluso en pedazos son difíciles, e incluso puede que más. Recuérdome cuando
frustrada me he roto en 7 pedazos, asegurándome de no ser felino y acabar de
una vez por todas con tanto drama.
Y lo que nos cuesta, lo que me cuesta. Es como decir que me
he cansado de mi identidad, ¿sabes? Y que me levanto por la mañana y tiro la
ventana por la casa como si eso fuera posible. No, si aún me mirarás con cara
de incredulidad. Espera a ver(nos).
No cuento nada que venga de tu piel, pero creo que es hora
de quitar las arrugas de las sábanas, ¿no crees? Que sería estúpido no
inventarme proyectos que no acaben en trocitos de recuerdos tirados por el
techo. Así, así es como creo yo que podríamos hacer arte, de tanto rompernos.
Yo he empezado primero.
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