Imagina
la vida vacía y a ti en el centro de esa nada. Las calles desiertas, y el mejor
de los tiempos –para no tener una típica imagen de película. Digamos pues, que
el sol te toca y te quema la piel a su paso, que ya no hay guerra ni bombas
nucleares, que no hay políticos ni diferencias, porque no hay nada que diferenciar.
Te pones todos los días el mismo vestido, y no sales a las calles porque ya vives en ellas. Imagina que han quemado todo lo que quedaba de ti, que no quedan pinturas, ni libros, y el sonido es despreciable, que todo son ruinas.
Imagina que el tiempo que te queda es un reloj a compás con tus latidos, y que al marcar las doce se pone a llover tormentas de angustia, y tú sólo quieres sacarte el corazón del pecho porque la presión del agua es insoportable. Que te aceleras.
Figúrate unos segundos que intentas alzar la voz y esta te devora, retumbando en tus oídos.
Te pones todos los días el mismo vestido, y no sales a las calles porque ya vives en ellas. Imagina que han quemado todo lo que quedaba de ti, que no quedan pinturas, ni libros, y el sonido es despreciable, que todo son ruinas.
Imagina que el tiempo que te queda es un reloj a compás con tus latidos, y que al marcar las doce se pone a llover tormentas de angustia, y tú sólo quieres sacarte el corazón del pecho porque la presión del agua es insoportable. Que te aceleras.
Figúrate unos segundos que intentas alzar la voz y esta te devora, retumbando en tus oídos.
La
noche es más oscura, y cada una que pasa es la definitiva para un destino que nunca llega. Sin embargo, desistes de intentos porque la
noche es una puta que te busca, te encuentra y te jode hasta que no puedes más
y caes rendido, matando al insomnio.
Que
somos insomnes y cada noche se repite con inicios difíciles, y finales
impasibles. Un miedo comparable a la indecisión de cerrar los ojos o no dormir.
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