No acompaña lo mucho que llevo sin escribirme, sin
presentarme frente al papel y dejar de ser cobarde. No acompaña el reflejo de
mi inseguridad, no me acompaño. Mi cabeza está ausente y mi corazón encerrado,
con fugas tras siete costillas rotas y el pecho hundido. Tú qué ves cuando me
miras, me pregunto.
Yo no veo nada. Pero llevo horas bajando peldaños que se
repiten, como la memoria del que sólo vive tres segundos. No me esperes, pues
no te alcanzo. No sé por qué lo he dejado pero estoy tratando de volver y
espero que no sea demasiado tarde; porque sabes que siempre odio los excesos y
las prisas, y los besos
que no se sienten.
Que no se sienten a mi lado, necesito descargar todo lo que
no tengo en algún lugar y quiero estar sola. Tú no ves nada y yo no me quejo. Esta
vez dos son multitud, y yo no dejo espacio para que algo muera porque no le doy
la oportunidad de vivir.
No tengo flores y me falta valor, pero tengo el coraje que
se escapa entre mis labios, camuflado con mi voz. No acompañan estos días de
estrés y cicatrices pero puedo perderme todavía en la voz de un desconocido y
admirarlo
por lo que nunca conoceré de él.
Por facilitarme el peso de vivir conmigo misma y poder
evitar el deseo de atacarme constantemente, cuando me relajo. Cuando no me
acompaño.
Cuando alguien me roza la mano y surgen las dudas que emanan
de tu pelo. No sé a quién le escribo, pero una vez me dediqué a mí misma un
libro de alguien; supe leer entre líneas y me encontré, o al menos es lo que
digo. Por si preguntan.
Lo estoy intentando, volver a empezar. Esta vez prometo disculparme
por rendirme antes de tiempo, por tener miedo, por creer que no puedo. No
acompaña lo mucho que te quiero pero esto es un cruce y yo estoy en medio. Así
que acelera. Mírame a los ojos y dime que puedo.
Que podré, lo prometo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario