Puedo decir que la noche ya no pesa, que aunque me cuesta todavía
respirar, me basta con cerrar los ojos para saber que todo está bien. Y
abrirlos después, y ver cientos de árboles que hacen sombras en tus rodillas;
tantas hojas simulando jaulas. Puede ser que ya no quede libertad. Es probable
que cerrando los ojos, la noche sí que pese y te sientas pequeño pero, sólo es
cuestión de no tener miedo, de afrontar las jaulas y los baches, de curarse las
cicatrices uno mismo, incluso las ajenas; con besos, con caricias. Y recogerte
el pelo, y seguir hacia delante con la mirada firme, con los ojos abiertos. Ya
sabes, sin miedo. Aunque lo haces a escondidas -ya sabes, fijar tus ojos en mis manos, vacías-. Nos duele, nos hacemos daño. Somos ahora lo que llevamos vidas evitando.
No puedes rendirte, no queda tiempo. Eres la evidencia de
todos los defectos que has intentado esconder bajo la mirada; y no dices nada.
Te muerdes los labios y a veces sangras por dentro porque a nadie le importa qué
pueda sangrarte, sólo buscan culpa y esta vez tú eres el culpable. Pero no te
preocupa, porque puedes cerrar los ojos; todavía. Intentas escribir y sientes
que esta vez es el papel quien te rompe a ti en dos mitades, sientes que te
clavan la pluma y te marcan de por vida. Con etiquetas, sin libertad. Ya no nos
queda libertad exterior y viajar puede no ser maravilloso, si estás atrapado en
otra parte. Y ver amanecer puede no ser lo que esperabas, porque cuando algo
empieza, siempre acaba.
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