Probablemente, algún día te escriba por la espalda las cosas
que no supe decirte en voz alta, a la cara. Es posible, que se derrame más
tinta en mis versos, que sangre en tus guerras; y que nos curemos con sal las
heridas que aún siguen abiertas.
Del invierno, me quedo con las grietas en los labios, la
piel pálida, una herida en las manos. Aprendí a perder un Diciembre, lo que ya había
perdido en Septiembre. Y así fue que no tuve más remedio que poner la soga en
mi vientre por todas las veces que grité ‘no’, y sin embargo, no lo dije. Que lo entienda
quien sea tan cobarde de amar a otro. Las sogas en el cuello son para
los que se amaron a sí mismos-y no les gustó-.
Del otoño me quedo con su primavera muerta. Yo solía
deshojar flores por mí, hasta que me deshojaron ellas en mi tumba. Ahora estás
tú y ojalá supiera descifrar-me en todos los idiomas; que contigo me muero, pero
sin ti no quiero. Vivir. De piedra, para desgastarse en arena y escocer.
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