Me siento sola. Como si existir supusiera la inmediata
extinción de todo aquello que me rodea. Llena, de fugas. Vacía, aunque me
desbordan las dudas. Llevo meses escuchando el eco de unas risas que no cesan,
en los rostros de los que no son más que las pesadillas que me atormentan cada
noche. Me sientes sola. Encerrada entre cuatro paredes que susurran ser
pintadas. Una habitación que me pone patas arriba. El olor a tabaco en las cortinas; te asfixia. El desajuste horario del
insomne por un placer que le lleva al remordimiento. Te siento sola. A la sombra
de la que fui aquellos días. La misma que quiso desprenderse de mi futuro y
huir. Nos siento solas. A la que fui buscándote y la que no soy ahora. Ambas
necesitan de una compañía que desaparece a medida que escucho mis propios
pasos. Pero volvemos a empezar. Me siento sola. Como aquella vez en el tiovivo,
cuando éramos demasiado jóvenes para recordarlo, y ahora somos demasiado viejos
para olvidar lo mucho que nos hemos odiado. He dicho que caminaba sola. Como
aquella tarde en Verona, cuando aquella risa entrecortada y el pelo negro en tu
boca. He dicho que te besaba sola, cuando mis labios cortados sanaban a tu
aliento. Aliento que deseo en mi cuello. Cuello que es deseo de tu boca. Han
pasado años de aquellos meses en los que me sentía sola. Y aún sigo sintiéndote, Lola.
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