jueves, 25 de diciembre de 2014

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Me siento sola. Como si existir supusiera la inmediata extinción de todo aquello que me rodea. Llena, de fugas. Vacía, aunque me desbordan las dudas. Llevo meses escuchando el eco de unas risas que no cesan, en los rostros de los que no son más que las pesadillas que me atormentan cada noche. Me sientes sola. Encerrada entre cuatro paredes que susurran ser pintadas. Una habitación que me pone patas arriba. El olor a tabaco en las cortinas; te asfixia. El desajuste horario del insomne por un placer que le lleva al remordimiento. Te siento sola. A la sombra de la que fui aquellos días. La misma que quiso desprenderse de mi futuro y huir. Nos siento solas. A la que fui buscándote y la que no soy ahora. Ambas necesitan de una compañía que desaparece a medida que escucho mis propios pasos. Pero volvemos a empezar. Me siento sola. Como aquella vez en el tiovivo, cuando éramos demasiado jóvenes para recordarlo, y ahora somos demasiado viejos para olvidar lo mucho que nos hemos odiado. He dicho que caminaba sola. Como aquella tarde en Verona, cuando aquella risa entrecortada y el pelo negro en tu boca. He dicho que te besaba sola, cuando mis labios cortados sanaban a tu aliento. Aliento que deseo en mi cuello. Cuello que es deseo de tu boca. Han pasado años de aquellos meses en los que me sentía sola. Y aún sigo sintiéndote, Lola.

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