Hipnotizada; sigo
el recorrido que dibujan tus manos cada vez que me cuentas tus tragedias o las
de alguien que ahora está muerto. Finjo, despreocupada, que cada vez que las
siento cerca, no examino cada ínfimo detalle de ellas: que todo se reduce a
nada. Sin embargo, no son tus manos-cada día más agrietadas-, no son tus
labios, ni tus ojos, no he contado cuantas pecas recorren tu nariz. No te llamo
para decirte que cada día tus brazos son más cárcel y que he inventado mil
formas de quedarme dormida en tu pecho; de pensarnos uno, de querernos libres.
Sinceramente, no te llamo. No cuestiono quién es el problema, si fueron los
silencios o mis estúpidas manías, quizá mi costumbre de enamorarme de muchos y de
elegirte solo a ti. No me cuestiono: yo sé que soy complicada; y en mi cabeza,
todo vuelve a reducirse-a nada-. Nada excepto las yemas de mis dedos ahora
mismo, sobre el teclado, escribiendo estas líneas, siempre inacabadas. Nada
excepto el sonido de tu voz; el recorrido tus dedos en mis piernas el sonido del
contestador, de todas tus llamadas. Por quién preguntabas. Pregúntame otra vez;
créame dudas; créeme tan loca como un día me volví. Gírate cuando cruces
aquella esquina; vuelve a preguntar por ti. Házmelo. Hazme saber cuándo
vuelves, si te has encontrado con otras u otras te encontraron a ti y tú no te
negaste. Llámame tú, porque todavía hoy soy demasiado cobarde.
Y sobre-todo: no
te preocupes, en realidad siempre es tarde.
No hay comentarios:
Publicar un comentario