lunes, 25 de mayo de 2015

sick

Caminas despacio, los dedos de tus pies rozan el suelo frío; se rozan unos a otros, tan pálidos, apariencia frágil. Caminas, siempre caminas: sin dirección. Has imaginado cientos de veces como será el día de tu muerte, has preparado invitaciones para todos y los pasillos de casa desprenden aroma a flores-secas, marchitas-. Flores deshojadas por el tiempo, y no por los dedos enamorados de alguien tan idiota, alguien tan dispuesto a jugar y  perder: conociendo mucho antes la respuesta.  Vulnerable, dejas caer tu cuerpo inerte, confías que cesen las voces que algunos llaman conciencia, detienes tu mirada en un suceso insignificante y comparas ambas manos: sueñas que no son las tuyas, sino las de él: adviertes que nunca nada fue tan leve, tan insoportablemente bello, tan breve y efímero como un suspiro: tan enfermo como vivir. La novena sinfonía que Beethoven nunca pudo escuchar, todos los versos que un poeta te dedicó sin saberlo, todos los lugares perdidos, almacén de ilusión para unos pocos, el beso inocente de dos niños: aquel día que confundiste la lluvia con tus propias lágrimas: todo eso nos perdimos. Caminas, siempre caminas; sin dirección. La bailarina que necesita tanto como yo que le den alas para poder volar. En círculos; caminas. Mutilados tus sueños rozas tu vientre e inventas melodías: réquiem de tantos, para el entierro de unos pocos: libertad. ‘Libertad,  es lo que pido cuando no me queda nada.’  Caes, al suelo, violentamente: los dedos fríos de tus pies enlazados, al fin. Has imaginado cientos de veces cuál será tu último pensamiento, tu último dolor, cuál será la última melodía que emane de tu pecho, de quién serán los dedos  que te tienten.



{La voz de la conciencia, capaz de apaciguar a un asesino. La conciencia que nunca dice: no lo hagas. Aquella vez que me susurró al oído y no pude no llorar. La mirada de todos aquellos que observan con la intensidad del que no quiere irse de aquí, sin haberse despedido.]

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