Miro a través de la ventana. Llueve. Acerco mis dedos al cristal
e intento tocarla. Frío, es lo primero que percibo, sonrío. Hace que me sienta
viva, noto como al primer contacto con el frágil cristal de mi habitación mis
yemas enrojecen y dejo de sentir. Rodeo las gotas, frías, suaves, gotas que
caen rápido por el cristal hasta precipitar en el suelo, donde chocan con la
tierra, barro.
Llevaba meses ansíando el invierno, la lluvia, ansíaba sentirme
viva.
Vacilé poco, cuando decidí salir, convencida pero a paso lento,
como si cada paso fuera a marcar una importante decisión en mi vida. No tenía
miedo, estaba preparada, pero quería aprovechar todo el tiempo del mundo.
Quería mirar el mundo de mil maneras posibles.
Abro la puerta. Y, lo que viene a continuación es una de las
mayores sensaciones que he tenido el placer de experimentar. Felicidad. Vida.
Paz.
Despejado, todo despejado. Húmedo. Ese sonido, ese silencio.
Aún siendo una de las noches más tormentosas que he vivido, aún
escuchando como la precipitación de la lluvia golpeaba el cristal inquietando a
Bala, el sonido de la lluvia es lo mejor que mi memoria puede recrear, es el
silencio más profundo, es la mejor manera de perderme.
Grito. Estallo, rompo a llorar. Me pierdo en el eco de mi voz.
Estoy empapada, descalza, miro mis manos, arrugadas, rojas,
congeladas.
Nunca me creí capaz de desafiar al tiempo, pero en esta ocasión
me atrevo a decir que incluso lo logré. Había conseguido parar el tiempo. Lo
había logrado.
Soledad.
No me importó demasiado en ese momento. Quizá porque entendía
que nadie jamás podría llegar a comprender todo lo descrito. Nunca nadie podría
llegar a entender la lluvia como yo.
Respirar. Hasta este momento, respirar suponía ahogarme. Vivir
suponía el suicidio.
Me toca empezar a mí.
Nunca en la vida pensé que diría algo así, pero llevaba días
necesitándome. Siempre he sido de la clase de personas que sueñan, que sienten,
personas de detalles, de mensajes en botellas, de lazos rojos, de poesía, de
libros vacíos, de historias sin final, delicadeza.
Conversé con la lluvia, conversé conmigo misma.
Y entonces, me hundí en su noche y el placer, fue infinito y tan
oscuro, que pensé, que si cerraba los ojos, la noche, se haría eterna.
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