Ahí te
encontré, mañana de Noviembre, con sudadera y poco más. Te miro. Sonríes. Me
creo el centro de la calle, aunque cientos de niños salen en hora punta de sus
lecciones diarias. Muero por contarte todo lo que he aprendido hoy, qué sé yo,
tonterías. Todo esto en un instante. Sin tiempo para pensar más llega el
abrazo, tú sigues sonriendo, o riendo ya no sé bien. Ahora me pierdo. Te
pregunto si han venido a recogerme, me dices que sí y pones sobre mis manos un
tubo. Qué estupidez, ¿verdad? Un tubo. Más largo que corto, o más corto que
largo; algo mediano. Es marrón, tampoco me disgusta el color. Lleva dos
nombres. No los miro. Me dices que viene dedicado. Empiezo a dar saltitos, me
siento ‘lo más niña de 5 años del mundo.’ Veo los nombres, me importa
absolutamente nada. Intento abrirlo. Demasiado duro o demasiado manazas, no hay
tiempo. Me despido de ti, por unas horas de mierda. Monto en mi coche. No me
espero, lo abro, hago estupideces mirando por la ventanilla. No sé si me miran
o los miro. Ya no hace frío, sigue siendo Noviembre. Es más otoño que nunca. Mi
primer otoño, qué vergüenza me da. Lo abro, lo huelo, lo miro, lo toco cientos
de veces. Una dedicatoria, casi lo había olvidado. La leo, no me entero de una
puta mierda porque estoy demasiado ilusionada como para hacer caso de un montón
de letras mirándome. Intimidan. Las leo, sonrío muy fuerte. Llego a casa, doy
las gracias 5 veces.
Hay días
que tengo que sujetarme la sonrisa, otros que la
sonrisa me sujeta a mí. Ayer, por ejemplo.
Unas acuarelas, una marchita plasmada de la manera
más bonita, unas manos que lo hacen posible, una persona que me quiere; la
misma que la pone en mis manos.
A veces
parece absurdo tener una pintura y sentirse tan agradecida, pero luego te das
cuenta de lo mucho que llevas necesitando algo, y de lo mucho que ese algo es.
Y escribes. Escribes mucho. Adiós.
No hay comentarios:
Publicar un comentario