No sé cómo decir que si me tocas, soy como nunca antes había sido.
No sé cómo decirlo.
Que si me sostienes en tus manos,
tendrás un mundo entero de posibilidades;
y sin embargo,
sé que tú nunca me entenderás.
Sin embargo, sólo deseo que entiendas que contigo todo yo, soy veintiún
gramos.
Hace más tiempo del que puedo imaginar, me
confesaron que sólo vive quien desea de corazón hacerlo; hace más tiempo del
que puedo imaginar la oquedad se zambulló en la diminuta pero existente
posibilidad de convertir a alguien derrotado, en una vida. No seamos ingenuos,
yo lo aproveché, me dejé caer en ese pozo sin fondo que es la realidad que había
vivido y sólo cuando encontrase ese fondo sería capaz de volver a vivir. Al fin
y al cabo, hemos de encontrar lo que nos llena y nos vacía para poder ser algo
en este espacio, en esto. Millones de personas, de mentes que sueñan y otras
que mueren por soñar. Millones de cadáveres con sonrisas impuestas que bailan
en el centro de su propio desastre; podemos ser eso.
Quizá no.
Y quizá a nadie le importa, y quizá, sólo quizá,
pocos sienten que seamos simples sacos de huesos vacíos.
No seamos ingenuos, otra vez. Somos sacos de huesos
vacíos que soportan toneladas sobre los hombros, somos veintiún gramos y un
alma que se nos escapa entre costilla y costilla. Todo eso y más.
Hace más tiempo del que puedo imaginar, me taparon
los ojos y toda yo pude dejarme llevar. He escuchado a sacos de huesos que como
tú y como yo, seguro creyeron que triunfar era imposible, pero les he visto
hacer magia con sus manos y he escuchado sus voces en una plataforma gritando
para nadie, aunque yo sentía que cantaban para mí. Sólo supe darles las
gracias. No sé qué más hacer.
No podemos dejar que decida el corazón si lo
tenemos en el pecho, encerrado.
No podemos dejarnos, no debemos.
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